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por: autor palabra
Viernes 24 de Octubre de 2014

Último vuelo del hipogrifo

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Categoría: Cuentos | Fecha: 06/05/2011
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“Es necesario, pues, que la fábula para que sea bella [...] no pase a la dicha desde la desdicha, sino que, al revés, pase de la dicha a la desdicha”.

Poética, Aristóteles (1.453a).

Para ser un borracho empedernido, el señor Castellanos tiene la virtud —si así llamársele puede— de colmarse el esqueleto de alcohol y otros destilados sin que esto lo haga parecer lo adocenado que debería para el caso. Por las noches, cuando vuelve por los suburbios a su casa, hay quienes le han visto andar sujeto al manubrio de la bicicleta; como quien cansado de pedalear se decide a dar una caminata. Reconocerle deberíamos que lo hace con cierto donaire, y no ha de sorprendernos el hecho que ante un esporádico cruce con algún que otro trasnochado, siempre se incline y ensaye alguna que otra cortés reverencia.

Una copa de más le bastaba.
Tamara oyó que revoloteaba las alas agitado y subió deprisa, ya embargada por la angustia que su espíritu intuía de antemano, la escalera que conduce a la azotea. Rosalía lo presintió igual que la bestia, como se adivina la tormenta en el incipiente frenesí del cuerpo. Castellanos arrojó desdeñoso la bicicleta contra la ligustrina del frente. A duras penas sorteó la alambrada y tras dar un traspié, se vino cuan largo es sobre el rosedal. Hubiérase caído por completo de no haber alcanzado sujetarse de la pared. Cuando se incorporó, una espina le rasgó el pantalón, no consiguiendo con esto otra cosa que incrementar su ira. La puerta de calle se abrió y el comedor apareció a sus ojos envuelto de una vaga penumbra. Su esposa aguardaba inerte, casi invisible, arrinconada contra el fogón como un animal al que ya le han apaleado antes. "¡Rosalía!" —Gritó el ebrio—. La mujer no dio respuesta, mas con un torpe movimiento de la mano tiró accidentalmente el salero, que la delató haciéndose trizas contra el piso. Al mismo tiempo que el hombre se quitaba el cinturón, Tamara irrumpía en la habitación de Baltasar para acurrucarse con él en su cama, quien sumido en tan hondo silencio parecía enajenarse de la tragedia que tenía lugar en la planta baja: pero no sufre menos quien en su dolor se calla. Abajo y talvez por la costumbre, quizá y más probablemente por los chicos, Rosalía casi ni gemía ante cada cintazo, pese a que la turbiedad de la embriaguez hacía que la mayor de los hostigamientos resultasen desatinos de la mano fuerte de Castellanos. ¿Será la violencia una degradación del género humano? No me es permitido responderlo.
Al fin cesó la furia, por fin tornó la calma.
Cuando Tamara consiguió que Baltasar se durmiera, subió nuevamente a la azotea para alimentar al hipogrifo. Con la garra pisó éste el pedazo de carne cruda y con el pico arrancó ávido el bocado. Un rato después y Tamara arrimó un taburete al animal para montarlo: quitose luego el capirote. Antes de echarse a volar cerró los ojos, y prontamente sintió la caricia del viento que le despeinaba rabioso la abultada cabellera.

El hipogrifo sobrevoló con gracia el lóbrego arrabal. Evitó, acto seguido, las calles céntricas y bulliciosas: tomó el rumbo de otra arteria más angosta, cuyas aceras parecían ser avasalladas por el abotargamiento de las viviendas que se abalanzaban hacia el pavimento. Para terminar, el paseo desembocó, como siempre, sobre la vera del mar, que se agitaba espumoso contra las hoscas siluetas de los rompeolas.

Cerca del mediodía, aprovechando que su padre no estaba y que su madre había ido de compras al centro, Tamara quiso llevar a su hermano menor para que vea por primera vez al hipogrifo. Antes le contó el fascinante viaje que había dado la noche anterior sin obviar detalle, suscitando un brillo de embelesamiento en los redondos y profusos ojos azabache de Baltasar, que desgreñado perdía poco a poco la modorra sentado en la cama. Tamara describió al animal mientras lo ayudaba a calzarse los zapatos y hacerse el moño de los cordones. No bien estuvieron en la azotea, Baltasar declaró no ver la bestia. Y, en efecto, no la vio sino hasta que su hermana le indicó dónde estaba.
—Acá está, ¿no lo ves? —Le dijo— Mirá qué hermosas alas tiene, podés acariciarlo si querés.
—Qué lindo es Lala —espetó inseguro Baltasar, llamando a su hermana por el apodo que él mismo le había asignado desde que supo hablar—. ¿Es mansito? —Inquirió.
—Sí, claro que es mansito —repuso su hermana—, no le tengas miedo. Fijate, las plumas del cuello, son tornasoladas.
—Ay, es cierto. ¿Un día podemos dar una vuelta? —Preguntó exultante.
—Sí, pero ahora no. Ahora vamos a ir a comer.

En la noche la cena estuvo lista temprano. Rosalía había cocinado todo el día y su hija le había asistido en los quehaceres culinarios. Para la hora de comer, todos miraban a intervalos y reflexivos el reloj de pared, con un pensamiento común que no se atrevían a poner de manifiesto. Contra todo pronóstico, el viejo Castellanos llegó temprano a casa después del trabajo. Aun así, no había omitido de camino el paso por alguna sarnosa taberna de barrio, pero acabadas las primeras copas le embargó cierta sensación que no supo explicarse, una intuición inefable que le movió a marcharse.
En su casa se topó con una atmósfera que lo inquietaba, cuando su esposa descubrió la olla en la mesa y húbose disipado el vapor blanquecino que rezumaba de aquélla, el hombre ya no se sintió tan a gusto con el aspecto de la comida. Sin embargo, prefirió callarse, y se estuvo así hasta tener el primer bocado entre los dientes. Irónicamente, el sabor áspero del vino mal destilado en el guisado le produjo asco, por lo que escupió un trozo de champignon a medio mascar sobre la mesa. Los chicos se quedaron atónitos, y una expresión agraz ganó el semblante de su padre al tragar un poco de la salsa.
—¿Qué es esta porquería? —preguntó iracundo.
Su esposa balbuceó algo que, en rigor, no fue nada.
—Te preparamos una comida espacial, papito —terció Tamara.
—Usté’ callesé —la vituperó—, le pregunté a su madre.
Entonces puso de nuevo la vista sobre su consorte.
—Te estoy hablando, Rosalía. ¿Me querés decir qué es esta mierda?
—Es una receta que saqué de una revista, Jorge —Rosalía mascullaba las palabras—; pensé que —no pudo acabar de decir lo que pensaba—... te iba a gustar.
El hombre se levantó de la silla y fue hasta el lavamanos de la cocina para desechar la comida en el tarro de la basura. Baltasar, quién sabe desde cuándo, plañía sin abandonar la mudez que habitualmente lo embargaba.
—Usté’ deje de llorar. No sea maricón. Agarre la comida y váyase a su pieza, vamos.
—Dejalo Jorge.
—No me jodás Rosalía. ¡Váyase a su cuarto, le digo!, maricón, llorando como las mujeres.
—Papito —volvió a interceder Tamara en tono aquiescente, cuando se había apartado un instante de la mesa y había regresado con un paquete en las manos—, mirá papito, esto es para vos.
Baltasar ya subía la escalera con el plato en las manos. Por su parte, Castellanos no apartaba la mirada del obsequio que le extendía sobre las manos Tamara, como quien entrega una ofrenda a un dios rabioso. El talante estupefacto del viejo parecía el del ajedrecista al que lo han pillado en su distracción dejándole en jaque, cuando ni muy remotamente se lo esperaba. Pronto el recuerdo le vino como el paso de la reminiscencia más honda a la remembranza más patente. El muy miserable había olvidado el día de su propio cumpleaños. Por un momento, las mujeres abrigaron la ingenua esperanza de que esta circunstancia revertiera la situación. Todavía mudo, cogió el paquete e hizo jirones el papel de vivos ocres y azules. El presente era una camisa, la firma del envoltorio denunciaba su alta calidad y, en consecuencia, su elevado coste. La estúpida expectativa de las mujeres desapareció súbitamente cuando el hombre habló, y sólo para cuestionarles de dónde habían obtenido el dinero para comprar la prenda.
—De la latita, Jorge —esbozó tímidamente su mujer.
—¿Qué latita? —quiso saber él— ¿La del anaquel de la pieza?
—Sí.
—Ah, pero ves que vos sos tarada. Esa guita es la única que teníamos guardada, ¡carajo!
Y tras el malsonante arrojó con un ademán sañudo la camisa en su envoltorio sobre la mesa, sin medir que impactaba de lleno el plato de Rosalía, y salpicaba de salsa bermeja los rostros de ésta y de su hija. La escena que se suscitó luego fue la de siempre, una recurrencia violenta que se despachaba como un granizo sobre la cosecha. Tamara corrió a la terraza y allí encontró a su hipogrifo que dormitaba postrado como al pie de un pesebre, le rodeó por el cuello con ambos brazos y se echó a llorar desesperadamente. El animal emitió una especie de sonido gutural, que bien pudo haberse interpretado por una voz de consuelo.

A veces se ven cosas que no hay, pero en la mayoría de los casos, sucede exactamente lo inverso.
La maestra de Lengua y Literatura iba a comentar luego que Baltasar era un chico con mucha imaginación, que se había mostrado muy habilidoso a la hora de redactar una narración acerca de un hipogrifo, y los paseos que su hermana en él daba. «Esas cosas las sacan los chicos de tanta porquería que ven en la televisión», le iba decir la de Ciencias Sociales entre sorbos de café. «Pero no, Cristina» terció la de Matemática, «si los Castellanos ni televisor tienen. Eso que el hombre es muy trabajador y la mujer es de buena, pobrecita». «Quién lo hubiera dicho», iban a coincidir las tres antes que el llamar de la campana culminase con el recreo.
Pues la noche anterior, Baltasar, se levantó de madrugada seguro de que todos dormían. Fue a la terraza y despertó al hipogrifo. Decidió montarlo, y de antemano se figuró volando como lo hacía su hermana, lejos de toda lidia, de todo conflicto, con la suave caricia del viento rozándole las mejillas, contemplando desde el aire las techumbres de las viviendas más humildes y sombrías, o la inmensa plenitud del océano al derramarse sobre la pacata ribera de la playa. No fue escrupuloso, haló las plumas del cogote de la bestia como si fueran la crin de un equino salvaje. El hipogrifo se irguió rampante y piafó con sus pesuñas mientras graznaba rabioso, el niño apretó los ojos con fuerza y corrió hasta la cornisa, arrojándose después a su primer y ansiado vuelo.


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avatarVertebrado bandera - Fecha: 09/05/2011, 01:49 hsme gusta (95)   no me gusta (89)

Impecable narración, casi clásica. Me introduje en el texto, pero debo decir que en esta ocación difiero del gran Aristóteles. Un final tan desolador como el desarrollo.


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